Al llegar ella ve a su abuela encerrada en el closet, se notaba que ya hace varios días estaba ahí. Vestía un camisón negro y andaba descalza, su rostro era llanto, sus ojos agua, su larga cabellera blanca descendía sutilmente por su cuerpo retorcido, ella la toca y estaba fría. Su abuela le dice que ya no quería saber más de la vida, que su alma divagaba por los cielos ajenos de esos que se hacen llamar reinos. Sentir miedo seria poco, mil incógnitas que pronto se resolverían en esa casa donde antes se pudo respirar calidez. Ella va por agua, su accionar era justificado por la inercia, pero que importaba en esos momentos, era todo tan vano como el ladrido incesante de los perros. Se acerca a una de las ventanas, de ahí se podía observar ese hermoso árbol donde tenían esas largas tarde familiares, llenas de risas, de abrazos, de esos recuerdos que luego te llamaban a volver al mismo lugar en busca de esas mismas personas, de esos abrazos y de esas risas. Con la diferencia de que estaba vez la imagen de ese árbol cálido se desfiguraría por completo, ya que esa gran mesa bajo la sombra llena de colores, olores y sabores se simplificaría a unas débiles y delgadas piernas, unos grandes zapatos gastados y sin cordones. Ella vio todo con más claridad, sus manos se apuñaron y su pecho se contrajo, su rostro se azotó contra la adversidad de la pena, pero no hubo tiempo de llorar y lamentarse. Corrió hasta la habitación donde se encontraba su abuela aun con un rostro desorbitado y destruido, la saca de ese encierro asfixiante para asearla, vestirla y luego maquillarla. La abuela ya lista, teñida de negro respira profundamente, toma el brazo de su nieta y se dirigen lentamente al árbol caído en busca del cuerpo de su marido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario