Rea: Acabo de ser encerrada, acabo de matar y guardo silencio, permanezco en el mismo silencio de hace seis meses. Quizás sea el momento, el momento de hablar.
Abogada: Acabas de ser condenada. Si, condenada por largos cuarenta y ocho años. Los cuales tratare de reducir como sea, pero necesito que hables, de la forma que quieras pero comunícate conmigo que yo te ayudare.
Rea: ¿Por qué?, por qué quiere disminuir mi sentencia, siendo que al fin soy libre y he llegado a la tranquilidad de mi mente perturbada. Al fin escape, me escucha, escape de fingir.
Abogada: Al fin hablaste, ahora necesito que respondas a todas mis preguntas.
Rea: ¿Usted no entiende cierto?
Rea: Quiero tocar piano y darme una ducha, lavar mis manos, sentirme limpia, sepillar mi pelo. Soy la misma, dije que quería darme una ducha?, quizás lavar mis dientes.
Abogada: ¿Le molesta?, necesito fumar.
Rea: Mate a mi padre, le devolví la mano, pero lo hice de una forma rápida y sincera. Luego mate a mi marido, no iba a permitir de nuevo que se repitiera. Lo escuchaba desde la habitación pedir ayuda y quejarse de dolor, puse mi canción favorita y me dirigí lentamente al baño a tomar una larga ducha.
Rea: Nadie merece nada, yo no merezco una sentencia menor, porque no me siento sentenciada al contrario aliviada. Todos tenemos una historia y tratamos de sobrevivir en ellas sin importar el estado o las condiciones físicas que se encuentre este cuerpo.
Rea: Creo que es la hora de las duchas.
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